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¿Cuál ha sido la decisión más difícil que has tenido que tomar?

Os voy a contar la mía:

Era junio de 2012 la empresa de fontanería que tenía desde hacía siete años empezaba a dar pérdidas. Por primera vez desde que abriera la empresa eran más los gastos que los ingresos. Estábamos en plena crisis y la previsión para el futuro no era nada halagüeña. Tenía que tomar una decisión: o pedir un préstamo para poder seguir adelante o cerrar la empresa y hacer otra cosa, lo malo era saber el qué.

Estaba bajando un puerto de montaña volviendo de trabajar a tres horas de casa; solté el acelerador y me dejé llevar. De repente me sentí ligero, tenía una carga pesada a mi espalda, pero mientras miraba las cimas redondeadas y los prados verdes se me iluminó la cara. Una ventana se abría y dejaba pasar aire fresco entre la confusión.

¿Y si me deshiciera de mis bienes materiales y empezara de nuevo?

Un lugar me vino a la mente, desapareció la carretera, la furgoneta comenzó a ir sola y me teletransporté a un paraíso donde se funden la selva, playas de arena blanca y templos budistas bañados en oro, donde los corales albergan miles de peces y el tiempo y el dinero carecen de importancia. De repente estaba en Tailandia. Las Navidades pasadas pasé doce días en este país mágico. Fue poco tiempo pero el suficiente para enamorarme de sus paisajes y sus habitantes de eterna sonrisa.

Regresé a la realidad y casi choco con la parte trasera de un camión, lo esquivé a tiempo, y al adelantarlo por la izquierda comprendí algo muy importante. A veces nos empeñamos en seguir un camino, un mismo carril donde nos chocamos una y otra vez con los mismos obstáculos, tenemos una visión de túnel y solo miramos hacia delante. No vemos otra opción. Es como la mosca que se golpea una y otra vez con el cristal, hay una barrera invisible que le bloquea el paso, pero no puede ver más allá; encima, si esa mosca es de Zaragoza, cabezona por naturaleza, piensa: “esta es la ventana que conozco, es por donde entré y por aquí tengo que salir”. Está tan cegada con lo conocido que no se percata que al lado hay una ventana abierta.

Yo vi mi ventana. Llevaba tiempo soñando con tomarme un año sabático. Me gustaba mucho viajar y desde los veintitrés años lo hacía con frecuencia, pero desde que me hice autónomo viajaba siempre con tiempo limitado, dos o tres semanas como mucho. Quería viajar sin que el tiempo fuera un problema y siempre estaba la opción de trabajar por el camino. Se me ocurrieron varias opciones, la que más me llamaba era sacarme el curso de instructor de submarinismo y trabajar de ello. Había buceado en el Caribe Mexicano y en las islas Phi Phi en Tailandia. Trabajar en la naturaleza y enseñar a personas los fondos marinos era mucho más gratificante que instalar baños. Y qué mejor sitio que Tailandia donde siempre hay buena temperatura y es barato el alojamiento y la comida.

Vendí una Harley Davidson que tenía y compré un billete solo de ida para ir a Tailandia. Así comenzó el proyecto Escribiendo el mundo, el primer paso hacia una nueva vida.

Siete años después puedo decir que la crisis y cerrar la empresa fue lo mejor que me podía pasar.

Y la enseñanza que podemos sacar es: si no te gusta lo que haces ¡cambia! Tienes la oportunidad de crear algo nuevo, no te conformes y emprende algo que de verdad te haga feliz. Solo tienes esta vida y día que pasa ya no vuelve, puedes convertirte en quien quieras, puedes llevar la vida que desees…

¡Eres dueño de tu propia vida!

Solo estás a una decisión para cambiar tu destino.

La vida es para los valientes